El Camino solitario a Santiago en un Año Santo pandémico

El Camino solitario a Santiago en un Año Santo pandémico
JUAN CARLOS ESPINOSA | Santiago de Compostela

El ‘Xacobeo’ y las aldeas que viven de los peregrinos intentan sobreponerse en medio de una bajada en picado en el número de visitantes

El único rastro de vida humana en 20 kilómetros es el de dos belgas exhaustos que toman el aire afuera de la parroquia de San Paio de Lens (aldea de 90 habitantes en Galicia, al norte de España). Jan van Roie y Diederd Esseldeurs, hombres de 48 y 59 años respectivamente, dejan de jadear por un instante. Un ciclista les grita a la distancia: “¡Bo Camiño [buen camino, en gallego]!”. Se sorprenden. Es la primera persona que ven en toda la mañana, y eso que casi es la hora del almuerzo. Ya se imaginaban que en plena pandemia el Camino de Santiago —la tercera ruta de peregrinaje cristiano más importante después de Roma y Jerusalén— iba a ser desolador. Pero no tanto. 

Para llegar a la iglesia se debe atravesar una senda llena de barro y piedras. El pasto está mojado. El olor en el ambiente es una extraña mezcla entre eucalipto, un árbol que se deja ver por todas partes, y la leña de pocas casas desperdigadas entre los montes. El cielo está gris, muy gris. Para quien no conoce Galicia, esta es la postal que predomina.

Dos kilómetros más adelante de donde Van Roie y Esseldeurs descansaban, Antón Ramírez, de 75 años, resume afuera de su jardín la situación de los pueblos, cuya vida gira en torno a los cientos de miles de peregrinos que solían atravesarlos: “El bicho [la covid] no nos golpeó tanto como la falta de visitantes”. Si uno toma un mapa, podría considerar el hogar de este vecino —en A Lavacolla, con 95 habitantes— como la marca donde comienza el último tramo del Camino. De hecho, desde ahí se pueden escuchar los aviones que aterrizan en el aeropuerto de Santiago de Compostela, la capital de Galicia.

Jan van Roie y Diederd Esseldeurs, dos turistas belgas que hicieron el Camino de Santiago. JUAN CARLOS ESPINOSA
Jan van Roie y Diederd Esseldeurs, dos turistas belgas que hicieron el Camino de Santiago. JUAN CARLOS ESPINOSA

La opinión de Ramírez no parece tan catastrófica tras echar un vistazo por la aldea. Solo hay bares y albergues con letreros de “cerrado”. La escena, según relatan los vecinos, dista mucho de lo que esperaban con ansias antes de la pandemia. Hasta antes del coronavirus, todos anhelaban que llegase 2021 como maná caído del cielo. 

De acuerdo con la tradición católica, este año es el Xacobeo, ya que el día del apóstol Santiago, 25 de julio, cae en domingo. Esto sucede pocas veces. La última fue en 2010: en aquel entonces, un total de 9,2 millones de personas visitaron la capital de Galicia —269.742 fueron peregrinos—, una cantidad exorbitante si se le compara con la de 2020 (54.129, casi un 90% menos). En 2021, la cosa tampoco pinta mejor. En el primer trimestre del año tan solo llegaron 328 visitantes, muy lejos de los más de 11.200 del mismo periodo de 2019.

Desde la última edición del Xacobeo, la Xunta —el Gobierno regional— comenzó a remodelar, junto con la Administración central, la catedral. Las obras, que superan los 17 millones de euros (20,4 millones de dólares), estaban destinadas a reparar la fachada. Conforme se extendieron los trabajos, se decidió que el verdadero objetivo iba a ser que todo quedase listo para la próxima celebración, una década después. Son pocos los que han podido ver el resultado.

La ruta a Santiago de Compostela tiene sus orígenes en la Edad Media. Para los creyentes, el cuerpo del discípulo de Jesús está en una tumba en el sótano de la catedral. Tras darse a conocer que los restos del Apóstol se encontraban ahí, los devotos de Europa comenzaron a peregrinar hacia Galicia. Sin embargo, no fue hasta los recientes años noventa cuando el Gobierno regional aprovechó esta tradición antiquísima para convertirla en un atractivo turístico mundial. 

Hoy hay cinco caminos principales en Europa, aunque la Xunta reconoce al menos nueve. El punto de encuentro de la mayoría de las rutas es la catedral compostelana. Es notorio que ha sido restaurada. La piedra se ve pálida y contrasta con el gris intenso que la humedad ha impreso en los edificios históricos que la rodean. En la nave hay unas 10 personas, todas con mascarilla, sentadas en los bancos de madera frente al altar mayor. El retablo, de estilo barroco y dorado, tiene como figura central a Santiago. En tiempos normales, los peregrinos podían subir por una escalera lateral para abrazar la estatua del Apóstol. Hoy ese acceso está cerrado, solo se puede pasar a ver la tumba por un instante.

Pocas personas en Santiago han seguido tan de cerca los preparativos en la catedral como como el padre Segundo Pérez. El sacerdote, de 72 años, fue nombrado deán —preside el cabildo del templo— en 2012. Tiene puesta una mascarilla azul y una boina negra que acomoda en su escritorio en la oficina internacional de acogida al peregrino. El clérigo recuerda cómo el récord de viajeros se batía sin parar desde el Xacobeo de 2010. En 2019, el número llegó a las 300.000, y un año antes, 327.378. Fue entonces cuando el sacerdote pensó: “Dios mío, ¿y si algún día pasa una cosa y esto se viene abajo?” .

A un lado de la oficina del padre Pérez está el mostrador donde se entrega la compostelana, el certificado que se le da a los peregrinos que cruzaron al menos 100 kilómetros de la ruta a pie. Una mujer con cabello castaño no tarda ni un segundo en calcular el ritmo diario de llegadas: “En un buen día, unos 10 [visitantes]”, lamenta. Uno de ellos es Ezequiel Panebianco, argentino de 35 años que vive en Cádiz (Andalucía, al sur de España). Tuvo que cruzar todo el país para realizar el Camino, en Galicia. Algo que, en teoría, no podría hacer porque los viajes entre regiones están prohibidos. Panebianco detalla cuál fue la triquiñuela: “Fingí ser turista y mostré mi pasaporte italiano”.

Don Segundo Pérez prefiere no preguntar. Ya tiene que lidiar con bastante como para ejercer de policía. Según los datos de la oficina, más de la mitad de los visitantes (en abril, 780 de 987) provinieron de fuera de Galicia. Como un intento para darle la vuelta a una situación ya de por sí compleja, el papa Francisco aprobó que el Año Santo se prorrogase hasta 2022. Desde la Archidiócesis ven como un “alivio” y con “mucha esperanza” la decisión, y esperan que pueda revertir la baja afluencia de este año.

Más que una celebración religiosa

Hoy, el Xacobeo es, además de un año santo, un escaparate comercial para colocar a Galicia en el mapa. Grandes artistas como The Rolling Stones, Bob Dylan, Muse, Red Hot Chili Peppers o Arcade Fire han tocado en el Monte do Gozo (desde donde los peregrinos ven por primera vez las torres de la catedral) durante la festividad. Eventos más que llamativos para un sitio como Santiago, donde residen unos 90.000 habitantes, en su mayoría estudiantes y funcionarios de la administración pública. 

Melchor Fernández, economista de la Universidad de Santiago de Compostela (USC), ha dedicado los últimos años a estudiar el impacto que tiene la ruta santa en la comunidad. El académico recalca que el poder financiero del Xacobeo no se puede medir en cuánto dinero se recauda con respecto al PIB regional (en 2010, según las cifras oficiales, solo fue del 0,5%). Por el contrario, Fernández hace hincapié en que lo que realmente genera el Camino es la difusión de Galicia: “Es una campaña de mercadotecnia que todo el mundo querría tener”, describe al otro lado del teléfono. 

El economista de la USC subraya que los efectos de un mal año en la ruta no afectarían mucho al conjunto de la economía regional, pero sí a la de los pueblos y aldeas que dependen del gasto de los peregrinos. Fernández da un número: “Lo importante es el aspecto redistributivo. Si pensamos en Galicia puede ser poco, pero en las localidades pequeñas puede ser del 30 al 40% de la renta [ingresos anuales del lugar]”.  

Los peregrinos, como los belgas Van Roie y Esseldeurs, tienen que gastar en las aldeas que van dejando atrás. Ya sea en el modesto hostal de San Paio de Lens o en el bar que regenta Jonathan Calvo, de 21 años, a las afueras de Vilamaior (1.200 habitantes), donde tuvo que cerrar su camping anexo. El negocio del joven está ubicado sobre la carretera que atraviesa la última etapa del Camino. En la terraza, resguardada por una carpa de plástico, hay dos personas y al fondo solo se ven dos banderas de España desteñidas. Calvo da el año por perdido: “En un buen día aquí llegaban unos 1.000 clientes. Hoy solo han venido ellos [la pareja sentada a su lado]”. Y como él, muchos.

Los planes del Gobierno, en el limbo

Ramón Méndez se salvó de la crisis. A los 19 años abrió un hotel en su pueblo natal, O Pino (4.600 habitantes), y ahora con 23 gestiona la agencia de viajes Tu Buen Camino. Gracias a que la mayoría de sus reservas son para el próximo verano —en España, a partir del 9 de mayo, los ciudadanos podrán viajar entre regiones— ha podido paliar las pérdidas de la falta de huéspedes. Pero sus amigos, también empresarios, no corrieron con tanta suerte. No puede contener su molestia: “Es que da lástima”, protesta. 

El Gobierno gallego, para tratar de sacar a flote a los hosteleros que han tenido que cerrar, ha inyectado 182 millones de euros en ayudas directas. Pero para Méndez, como para algunas asociaciones del sector, “no es suficiente”. Además, la Xunta ha invertido 85,6 millones en el plan del Xacobeo. Y fue quien, desde un principio, propuso extenderlo un año más para que sus planes no quedasen trastocados por la pandemia. Según explican funcionarios de Turismo, la Administración regional espera que la situación pueda revertirse en 2022. Sin embargo, no se aventuran a dar una cifra definitiva.

Todo el sector de servicios deposita su fe en el 9 de mayo. Méndez lo pone en estos términos: “Es el Día D para todos nosotros”. Al igual que él, las demás fuentes consultadas para este reportaje coinciden en que, si hay un momento para que se dé el milagro, será a partir de que se reactive la movilidad en España. Sobre todo en verano, cuando la Comisión Europea (el órgano que gobierna al bloque de los 27 países de la Unión), estima que la mayoría de los ciudadanos de la UE estará vacunada.  

El centro neurálgico de la ruta santa es la Praza do Obradoiro. La explanada es el corazón donde se cruzan tres arterias: la catedral, que aún conserva andamios en la fachada, el Ayuntamiento de Santiago y el Hostal de los Reyes Católicos. Pronto deberán llegar los belgas Van Roie y Esseldeurs. Seguramente, serán pocos los mochileros que se acostarán en el suelo junto a ellos para culminar su kilométrico trayecto. Oirán el sonido de una gaiteira, que siempre toca ahí, junto al estuche de su instrumento con pocas monedas. Nada de parafernalia. Es el fin de un camino solitario.
NEWSLETTER
Aspiramos a convertirnos en un sitio referente para quienes desean saber lo que acontece en el mundo a través de la mirada de reporteros locales.