Los ‘Sensitivity Readers’, revisores de los prejuicios en los textos

Los ‘Sensitivity Readers’, revisores de los prejuicios en los textos

ALESSANDRO LEONE | Roma 

Esta nueva profesión, que se está expandiendo en Estados Unidos y el Reino Unido, busca preservar la integridad de las obras literarias y cinematográficas a través de sugerencias para que los autores eviten estereotipos o contenidos ofensivos

La autora estadounidense Keira Drake escuchaba en la radio noticias sobre algunos bombardeos en Irak cuando pensó en lo que ocurriría si una persona blanca y privilegiada, como ella, estuviera en una situación parecida. En 2013, salió a la venta su primera obra, The Continent (El continente), una novela de ciencia ficción para jóvenes basada en aquella reflexión, en la que una cartógrafa aprendiz de 16 años, procedente de un país desarrollado, queda atrapada en un lugar donde dos tribus siguen en guerra incesante.

Cinco meses después de la publicación, una escritora de young-adult (literatura juvenil) afroamericana, Justina Ireland, definió el relato de Drake como “un cubo de basura racista”. Fue el primero de muchos comentarios negativos que acusaban a la autora de haber escrito desde una perspectiva colonizadora y estereotipada, donde los ciudadanos blancos se convierten en los salvadores. Cuando le reprocharon que la tribu, a la que llamó Topi en su obra, se parecía a una versión racista de nativos-americanos, los Hopi, no pudo explicar el por qué no se había dado cuenta de esa similitud. Declaró que sus personajes se inspiraban en los Uruk-hai de J.R.R. Tolkien, criaturas mitad hombre y mitad ogro, pero tampoco era consciente de que el escritor de El Señor de los anillos, a su vez, basó sus monstruos en sus impresiones de personas de Asia central, según un artículo de Vulture. La escritora y su editorial, Harlequin, decidieron reescribir The Continent a través de un sensitivity reader

Llamados también expert reader o authenticity reader en inglés, revisan textos que presentan personajes con identidades o experiencias lejanas a los autores en busca de inexactitudes, sesgos, estereotipos, prejuicios o expresiones ofensivas. Estos lectores intentan preservar la integridad de la obra dando al autor sugerencias y recomendaciones para evitar, también, problemas como el que le sucedió a Drake. Cada sensitivity reader ofrece un paquete de conocimientos o competencias que van desde la pertenencia a una cultura, etnia o religión (cristiano, africano, asiático...) hasta haber pasado por situaciones traumáticas, como una violación.  

Nathaniel Glanzman, por ejemplo, puede brindar su experiencia como persona autista, bipolar, hombre transgénero, asiático-americano y paciente de un hospital psiquiátrico, entre otros. Hace dos años dejó su puesto como profesor de inglés, un trabajo que le gustaba, pero también le causaba mucha presión, a tal punto que lo llevó a ser hospitalizado para evitar que se suicidara. Lo que antes él veía como sus vulnerabilidades ahora son, paradójicamente, elementos esenciales para su trabajo como sensitivity reader: “Renunciar como profesor destruyó mi autoestima y me hizo sentir como si no fuera inteligente y capaz. Pero de repente te encuentras en un sector donde conoces todo, sabes lo que estás haciendo”, explica. 

Nathaniel Glanzman, imagen cedida por el ‘sensitivity reader’. / Lifetouch Portrait Studios Inc.
Nathaniel Glanzman, imagen cedida por el ‘sensitivity reader’. / Lifetouch Portrait Studios Inc.

Porque lo más importante para esta nueva profesión, que ya se ha expandido en Estados Unidos y en parte del Reino Unido, es ofrecer su propia experiencia de vida. Por eso, Glanzman se arrepiente de haber aceptado aquel primer trabajo, la lectura de una novela con un personaje trans femenino. “No soy un trans mujer y no habría tenido que leerlo porque es una regla de los sensitivity readers: no puedes leer sobre identidades que no reflejan tu experiencia personal”, destaca. 

Glanzman mezcla su vida con los estudios y su pasión por la literatura, que favorecen la precisión del análisis. En la mayoría de los casos, quienes han emprendido este camino leen el texto, dejan comentarios y escriben un informe sobre cómo mejorar la representación. El revisor de contenido es consciente de que su trabajo puede influir en las ideas que la gente común desarrolla sobre determinadas identidades o enfermedades, como el autismo: “O somos completamente inútiles o somos increíbles genios. No hay punto medio. Una representación negativa, sobre todo con el autismo, puede llevar a las personas a no acceder a los servicios que necesitan”, considera.

Como él, muchos trabajan como independientes para grandes editoriales, en su caso Harper Collins y Penguin Random House, que en su sitio web recomiendan también la base de datos Writing in the Margins, donde apareció por primera vez el perfil de Glanzman. Salt and Sage está entre los líderes de esta práctica y ofrece los servicios de decenas de revisores de contenidos en un catálogo en línea. 

En el cine el proceso es muy parecido, pero el guionista desempeña un papel diferente, como explica la sensitivity reader Alexandra Creswick: “Los guiones no están hechos para ser leídos, son solo un proyecto que se convierte en imágenes visuales. El guionista es solo el principio del proyecto, no su final”. En su sitio web, se detalla una lista de sus competencias, que van desde la representación de género hasta la salud mental, pasando por la política y el activismo.

Nathaniel Glanzman, imagen cedida por el ‘sensitivity reader’. / Lifetouch Portrait Studios Inc.
La ‘sensitivity reader’ Alexandra Creswick, fotografía cedida. / Richard Reynoso

Pero gran parte de su trabajo se ha enfocado en los derechos reproductivos, donde ha detectado muchas veces frases recurrentes que esconden otros significados. Creswick, que ya trabajaba en el cine y en la televisión antes de convertirse en una sensitivity reader, describe que el tema de la reproducción se convierte, a menudo, en un debate sobre el cambio climático cada vez que un personaje dice algo como: “No quiero hijos porque el mundo ya está superpoblado”. Para ella, esta frase esconde un trasfondo “que pone sobre las espaldas de los pobres toda la responsabilidad de lo que sucede en el medio ambiente e ignora el hecho de que nosotros tenemos bastantes recursos para ayudar a todos pero no lo hacemos por motivaciones económicas”.  

Los opositores

Algunos autores han acogido la difusión del sensitivity reading con críticas y sospechas, como si se tratara de una amenaza a la libertad de expresión o una especie de censura. Francine Prose, en New York Review of Book, se cuestionó si se debería decir adiós a la novela Madame Bovary porque a Gustave Flaubert le faltaba “la experiencia de una ama de casa inquieta”, o a Otelo porque “Shakespeare no era negro”. Lionel Shriver, en el diario The Guardian, amenazó con abandonar la literatura el día en que sus obras lleguen a las manos de un sensitivity reader: “Hay una línea sutil entre tamizar los manuscritos para cualquier cosa potencialmente discutible para determinados subgrupos y la censura política abierta”, escribió.

Los autores, sin embargo, pueden rechazar las recomendaciones si lo consideran apropiado y no están obligados a realizar los cambios si no lo desean: “Soy su empleada y no tengo poder. La razón por la que gasto mucho tiempo preguntándome qué quiere lograr el autor es porque quiero que lo logre. Yo soy simplemente otra herramienta para ayudarlo”, opina Creswick. “No es censura, sino exactitud. Se trata de saber qué estás escribiendo”, piensa Glanzman, por su parte. 

De hecho, en la mayoría de los casos, quien decide confiar en un sensitivity reader espontáneamente lo considera un buen servicio que ayuda a mejorar su obra. Melissa Scholes Young contrató a un experto para que revisara la representación de un personaje biracial en un mundo de blancos: “Todos tenemos nuestros puntos ciegos porque traemos nuestro bagaje, nuestra experiencia. Mi sensitivity reader me ha ayudado a entender dónde estaban esos puntos ciegos para que pudiera verlos más claramente”, cuenta.

Una imagen de la novela ‘The Hive’ cedida por la autora Melissa Scholes Young. / Peter von Ziegesar
Una imagen de la novela ‘The Hive’ cedida por la autora Melissa Scholes Young. / Peter von Ziegesar

La persona que contrató leyó cinco capítulos de su segunda novela, The Hive (La colmena), ambientada en las localidades rurales del centro-oeste estadounidense, tradicionalmente aisladas y poco multiétnicas. “No me parece revolucionario pedir ayuda. Tengo que ser consciente de lo que pueden ser mis límites en la escritura. Creo que es mucho más aceptable contratar a un sensitivity reader para tener una opinión profesional que pedir a alguien desde una comunidad marginalizada que te diga lo que piensa. Eso es poco profesional e insensible”, opina Scholes Young.

Las tensiones entre sensitivity readers y escritores se presentan sobre todo cuando es la editorial quien requiere el servicio. Para Glanzman, la tarea más difícil fue cuando tuvo que leer una novela donde aparecía un personaje ingresado en un hospital psiquiátrico que no tenía ningún papel importante en la historia. En la primera versión, el protagonista, es decir, el individuo con el que el lector “tendría que empatizar”, era muy irrespetuoso con el personaje, lo trataba con indiferencia, como si fuera un lastre. Cuando aplicaron los cambios, a Glanzman le llegó una copia del libro no firmada: entendió que el autor no había apreciado los cambios. 

En promedio, un sensitivity reader pide entre 150 y 250 dólares por revisar un manuscrito, mientras Salt and Sage ofrece una tarifa de 0,009 céntimos por palabra. Siendo un trabajo freelance, a las editoriales se les hace más económico tener un listado de colaboradores en vez de contratarlos. En un artículo reciente de la revista británica The Spectator se considera que este método mantiene a los trabajadores socialmente vulnerables en posiciones financieras más débiles impidiendo que el ambiente laboral sea variado. 

Glanzman cree que en el futuro la situación mejorará y las grandes editoriales buscarán contratar a muchos de ellos. Creswick, por su parte, opina que se trata de cambiar la manera de pensar: como en el cine se contratan a médicos, espías o a individuos que trabajan en un determinado sector para que la representación sea más veraz, lo mismo se hará con las personas que proceden de minorías. “No hemos aceptado aún la idea de que puedes acercarte a un texto que también puede ser leído desde una perspectiva cultural”, afirma.




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