Un violinista entre las ruinas de Mosul

Un violinista entre las ruinas de Mosul
J. I. MOTA | Mosul (Iraq)

Jurallah Ibrahim alterna su trabajo de modista con los ensayos en una orquesta de su ciudad, liberada de ISIS en 2017 y donde la música estuvo prohibida durante casi cuatro años


El violinista iraquí Jurallah Ibrahim tenía 27 años cuando su ciudad cayó en manos del grupo terrorista autodenominado Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés), en 2014. Muchas cosas han cambiado en Mosul desde aquel día hasta su liberación, en el verano de 2017. Ibrahim enumera desde su trabajo, en una tienda de ropa de la zona nueva de la metrópoli, las estrictas reglas que había que seguir durante la dictadura impuesta por los radicales wahabitas (corriente conservadora y radical del islam nacida en Arabia Saudí). Dejarse la barba, la obligación de ir a rezar cinco veces al día a la mezquita, no fumar o cortarse el pelo de una determinada forma eran algunas de las muchas normas. La que más afligía a este joven era una: la prohibición de la música, su mayor afición desde niño. 

Fueron casi cuatro años, que parecieron una eternidad para los artistas de Mosul (1,4 millones de habitantes). Tras la liberación de esa ciudad, ubicada en el norte de Iraq y famosa por su rica cultura, los músicos y los eventos han ido floreciendo. Ibrahim, que pertenece a la orquesta Al Watar, creada hace solo cinco meses, ha pasado de estar varios años sin tocar su violín a participar en este conjunto que dio la bienvenida al papa Francisco durante su visita a la localidad, en marzo pasado.

A la hora del almuerzo, Ibrahim corre disparado de la tienda hacia su casa para recoger su violín y mostrar sus habilidades. De su hogar sale con un plato de dolma, verduras rellenas de arroz típicas de la metrópoli y Oriente Medio, que le ha preparado su madre para la comida. En el camino hacia la ciudad vieja, una zona todavía derruida y donde se encuentra la mezquita Al Nuri —destrozada y donde el terrorista Abu Bakr al Baghdadi proclamó el califato de ISIS, en junio de 2014—, menciona algunas pinceladas de su amor por dicho arte. Nacido en el seno de una familia pobre de un barrio humilde de Mosul, desde muy pequeño ha sido un apasionado de la música clásica. Los pocos recursos económicos de sus padres le impidieron adquirir un violín, artefacto “muy difícil y diferente” y que “siempre le ha fascinado”, explica. Fue en 2009, gracias a préstamos de familiares y amigos, cuando pudo comprarse su primer instrumento por unos 800 dólares. 

Su ilusión, según afirma, le hizo aprender muy rápido gracias a su profesor Karam al Habib, del que habla con mucho respeto y aprecio. Su esperanza de llegar a lo más alto se desvaneció pronto, al ver la cruda realidad de los músicos en Mosul. “Nadie imagina la cantidad de talentos que hay en esta ciudad, pero no se les apoya. Por eso es imposible conseguir éxito aquí y estamos destinados a quedarnos siempre en la ciudad”, lamenta el joven, que asegura que uno de sus más grandes sueños siempre ha sido viajar a Europa y tocar en la orquesta de Viena.

Mosul ha sido siempre uno de los principales lugares culturales de Iraq y es considerada la cuna de grandes artistas a lo largo de los siglos. Es la ciudad donde, según algunos historiadores, nació Ziryab, un músico que introdujo el laúd oriental (instrumento de cuerdas), tanto en Oriente Medio como en Europa en el siglo IX. Ziryab también exportó costumbres orientales a Al Andalus —territorio que ocupó gran parte de la Península Ibérica, en manos de los musulmanes, durante la Edad Media—, concretamente a Córdoba, en la corte del emir Abderramán II. En esa localidad, donde fue reconocido con una estatua, creó una escuela de música. 

Más reciente es el éxito del mosulí Kazem al Sahir, uno de los cantantes más populares de Iraq con más de 30 millones de discos vendidos. La ciudad tiene un género particular de baladas muy conocidas en Oriente Medio, y sus calles siempre han estado llenas de danzas, cantos y espectáculos folclóricos.

Llegada de ISIS a la ciudad

La purga musical llegó a Mosul en junio de 2014, cuando los terroristas de ISIS asaltaron la metrópoli e implantaron una dictadura radical inspirada en una visión distorsionada del islam. Los yihadistas destrozaron la estatua del conocido compositor Mulla Uthman al-Mosuli (1854-1923), colgaron carteles por todas lados avisando sobre la prohibición del arte y fueron casa por casa buscando instrumentos para reunirlos y quemarlos, según cuentan Ibrahim y diferentes artistas de la zona. “Fue una época muy triste. Guardé mi violín por más de tres años en el techo de mi cuarto de baño para que no me lo quitaran. Como si fuera un arma. Estuve todo ese tiempo alejado de la música. Vinieron a mi hogar, gracias a Dios nunca lo encontraron”, relata.
Jurallah Ibrahim toca su violín entre las ruinas de la ciudad vieja con la mezquita Al Nuri de fondo. J. I. MOTA

Durante esos difíciles años, empleó su tiempo libre en practicar otra de sus aficiones: el taekwondo. Ibrahim, que asegura ser cinturón negro, enseña orgulloso en su teléfono varios títulos conseguidos en Mosul y Erbil (norte de Iraq). Describe que fue una actividad que le ayudó a refugiarse y sentirse vivo ante la falta de música. “Me encanta el taekwondo y era de las pocas cosas de entretenimiento que no estaban prohibidas. Daba clases a niños y les enseñaba la técnica. Los de ISIS son muy buenos en artes marciales, como el karate o el kung-fu, y creo que por eso era algo que estaba permitido. [El deporte] me ayudaba a mantenerme activo durante aquella época”, rememora.

La larga pesadilla que vivieron los habitantes de Mosul bajo el yugo terrorista terminó hace cuatro años, cuando la ciudad fue liberada durante una dura batalla que la dejó prácticamente destruida; el enfrentamiento armado causó al menos 10.000 civiles muertos, según una investigación de la agencia de noticias francesa AFP. “Cuando ISIS se fue me lancé a la calle a tocar, tenía muchas ganas de hacerlo. Aproveché que había muchos medios de comunicación para darme a conocer y que se viera que en Mosul seguía habiendo vida a pesar de la devastación”, comenta el músico. 

Ibrahim también recuerda, entre risas, sus nervios ante el primer gran evento musical que se celebró en Mosul después de la liberación, y en el que participó. “El violín es un instrumento dificilísimo al que tienes que dedicarle mucho tiempo. Imagina tres años sin tocarlo, sin practicar, pierdes la técnica. Pero fue algo increíble”, detalla.

Nuevos proyectos

El joven ahora forma parte de la orquesta Al Watar, creada hace solo cinco meses por el músico iraquí Mohamed Mahmoud, después de su largo exilio en Turquía. Son 35 artistas que ensayan los sábados, lunes y miércoles, la mayoría de las veces en una iglesia de la ciudad cercana de Qaraqosh. El violinista puntualiza que muchas veces es difícil compaginar esta pasión con el empleo de modista. Su jornada es de nueve de la mañana a nueve de la noche y los días buenos gana unos 17 dólares: “Lo importante es lo que me da de comer y es verdad que muchas veces no puedo ensayar por mi trabajo”. 

A pesar de ello, ve como un regalo formar parte de este grupo de artistas; gracias al proyecto ha podido participar en eventos tan importantes como la bienvenida al Papa. También, en la reciente reapertura del conocido teatro Al Rabea (primavera, en árabe), cerrado durante 18 años y que fue usado y saqueado por los terroristas de ISIS. La vida cultural y la música están volviendo poco a poco a Mosul, algo que el propio Ibrahim no hubiera imaginado hace tiempo. 

El joven muestra su destreza tocando el violín entre las ruinas de la ciudad vieja con la mezquita Al Nuri de fondo. Cierra los ojos y por unos minutos solo existen su instrumento y él. Cuando termina de tocar, algo apurado para llegar puntual a la tienda, hace su última reflexión. “La música es el alimento del alma. Puede transmitir muchas cosas como amor y esperanza. Este alimento es el que llevo años intentando transmitir cuando toco. La gente de Mosul necesita música y estas sensaciones después de estos años”.

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