Del Pamir a Moscú, una diáspora postsoviética

Del Pamir a Moscú, una diáspora postsoviética

BRAIS SUÁREZ GONZÁLEZ | Moscú

Los ismaelitas procedentes de Tayikistán constituyen uno de los colectivos de inmigrantes más numerosos en la capital rusa, adonde se han mudado en masa desde la caída de la URSS hasta lograr construir una comunidad única

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En la orilla exterior del MKAD, la autovía circular que delimita la ciudad de Moscú con un cauce de seis carriles por sentido, se asientan distintos salones de ceremonias. El tamaño y decoración de la mayoría recuerdan a modestos casinos estadounidenses de Las Vegas. También el sol aplacador que fríe los coches de las explanadas contiguas es más característico de Nevada que de la gran llanura oriental. Una docena de taxis permanecen aparcados junto a una de estas naves sin sus conductores, que fuman en la entrada y observan de lejos la presión habitual del tráfico. Hoy, por fin, les toca descansar.

Acuden a una boda de dos miembros de la amplia diáspora ismaelita que reside en la capital rusa desde la década de los noventa. Procedentes en su mayoría de las montañas del Pamir (en el este de Tayikistán), no necesitan conocerse en persona para reunirse en los eventos más importantes del año. “Hacemos las cosas de trescientos en trescientos”, comenta uno de los asistentes.

El éxodo de centroasiáticos hacia Moscú es visible a través de taxistas, repartidores, camareros o limpiadores, que son los puestos que suelen ocupar 24 horas al día. Desde la caída de la URSS, los ciudadanos de las antiguas repúblicas soviéticas pueden acceder fácilmente a permisos de trabajo y residencia en Rusia, donde viven en una especie de realidad paralela y traslúcida —por no decir invisible—, que hace de Moscú la poliédrica capital euroasiática que es a su pesar. 

Una gran parte de estos trabajadores busca aumentar sus ingresos y calidad de vida, pero las razones de los ismaelitas son algo más complejas, cuenta Zarina mientras sirve el plov típico de Tayikistán, un guiso de arroz y carne. Su hija Manizha, que ya nació en Moscú, puntualiza que la comunidad está distribuida por todo el mundo, pero que allí se reúnen, sobre todo, los originarios de la cordillera del Pamir, que no acaban de encontrar acomodo en su propio país.

Alrededor de un 20% de los hasta tres millones y medio de inmigrantes que residen en el área metropolitana de Moscú proceden de Tayikistán, la exrepública más pobre del territorio exsoviético, de acuerdo con la Agencia Estadística de Tayikistán. Un quinto de sus nueve millones de habitantes trabaja en Rusia y, en menor medida, en Kazajistán. En la capital rusa viven más de 50.000 inmigrantes del Pamir y Manizha facilita su integración a través de la asociación internacional AKDN, que ofrece apoyo a ismaelitas exiliados por todo el planeta.

Una boda de dos miembros de la diáspora ismaelita en Moscú. / B.S.G
Una boda de dos miembros de la diáspora ismaelita en Moscú. / B.S.G

Entre copiosos platos de plov, cordero, ternera, ensaladas, sopas y tés, los comensales se turnan para bailar al ritmo de una música atronadora. La festividad exige que todo sea a lo grande: la comida, el volumen de la megafonía y el protocolo acaban por desplazar la conversación hacia la entrada y el aparcamiento. Una cosa, sin embargo, está clara desde el principio: la condición de extranjeros une tanto como cualquier origen en común.

Hacia el final de la tarde, un nuevo compromiso empieza a diluir a los asistentes: no muy lejos se celebra el funeral de otro miembro de la comunidad, algún desconocido conocido. Parece que los fines de semana se quedan cortos y uno ha de dividirse; al fin y al cabo, las cosas se hacen de trescientos en trescientos.

Esta boda muestra el lado menos visible de vidas que transcurren con sigilo al frente de un taxi o tras los mostradores de tiendas 24 horas. Esos son los escasos puntos de encuentro entre los pamiris y la realidad oficiosa moscovita, una distancia que dificulta el entendimiento, pero que a la mínima ocasión desvela relatos sobre la difícil situación de sus parientes, el alto desempleo y las pocas posibilidades que los empujan hacia Rusia. Primero a Ekaterimburgo o Volgogrado, luego a San Petersburgo o Moscú, buscando salarios más altos.

Una odisea postsoviética

Para entender mejor el contexto, Zarina relata en el salón de su casa cómo fue su llegada a Moscú y de qué forma se fue arraigando durante casi treinta años en la ciudad. Las alfombras calientan este día de por sí cálido de mediados de mayo. Los estampados van a juego con las figuras y estatuillas que decoran cada repisa. La madre de Zarina, Lalbeguin, trae blinis (tipo de crêpe ruso) y un caldo de carne con perejil. Llega con su hijo Samir, hermano de Zarina. Esta termina de cocinar unas kotleti (albóndigas) de ternera y su marido Jose, gallego, coloca las servilletas y los vasos. En la habitación contigua estudia un chico que se prepara para la universidad. La televisión, sin volumen, reproduce vídeos en Youtube: reportajes de naturaleza y cultura muestran caras y lugares lejanos, pero en sintonía con esta vivienda.

De alguna manera, las imágenes palian la morriña que las restricciones sanitarias impiden aplacar desde hace dos años con un viaje al Pamir. Planeaban aterrizar en la monocromática Dusambé, la capital de Tayikistán: tras unas treinta horas de coche por carreteras inverosímiles, recorrerían unos 500 kilómetros de distancia hasta los 4.000 metros de altitud donde aparecen los primeros kishlak (pequeños asentamientos de viviendas en las montañas). Se verían sobre las planicies de los valles, surcados por ríos y rodeados de campos verdes.

Un paisaje de la Cordillera del Pamir, en Tayikistán. / LIUNTOVA KATSIARYNA (TWENTY20)
Un paisaje de la Cordillera del Pamir, en Tayikistán. / LIUNTOVA KATSIARYNA (TWENTY20)

“Fíjate, fíjate”, dice Samir mientras señala una foto, “ahí crece de todo menos plátanos”. La carretera se complica a medida que asciende y las montañas se afilan como flechas que indican la subida hacia el Himalaya. Cuanto más arriba, los marrones se apoderan de los verdes y la nieve blanca oculta el gris de la roca. El turquesa de los lagos y los ríos se intensifica con la altura, para orgullo de la familia. El río que cruza la capital regional, Jorug, marca la frontera con Afganistán. “Por aquí pasaban los tanques soviéticos en los ochenta y los soldados se despedían de la URSS”, recuerdan. Por eso los sueldos eran altos hasta para una enfermera como Lalbeguin, para mantener a los ciudadanos en una región estratégica a pesar de sus duras condiciones. 

No merecería la pena describir con tanto ahínco un lugar tan lejano de no ser porque para Zarina, Lalbeguin y Samir estos paisajes son un personaje principal de la historia, que muestran en fotos y vídeos. De hecho, lo echan de menos como a un miembro de su familia. Todo forma parte de la provincia del Alto Badajshán, que ocupa casi la mitad de Tayikistán, pero solo aglutina al tres por ciento de la población, unas 250.000 personas, según la Agencia Estadística de Tayikistán. Es, a su vez, la mitad del antiguo estado de Badajshán, cuya otra parte se extiendía por la provincia afgana homónima, tras quedar partido por juegos de fronteras a lo largo de siglos.

Su cultura continúa unida: con más de diez lenguas activas, ambos territorios concentran a las minorías étnicas y religiosas de sus respectivos países, que siguen la doctrina ismaelita, de origen chiíta. Esta, como la raza y los idiomas principales, se debe a la influencia de Persia. “Somos una sociedad secular, donde la religión es una orientación que no marca nuestra vida”, aclara Samir, mientras picotea algo de jamón español. Dan prioridad a la educación y la vida profesional y por eso, a pesar de ser minoría, los pamiris llegaron a constituirse como una intelligentsia —una élite intelectual— de amplia presencia en los círculos culturales, económicos y políticos de la entonces República Socialista Soviética de Tayikistán, que dirigían junto a una abundante población de rusos. 

Ese era el statu quo en las postrimerías de la Unión Soviética y ese sería también el caldo de cultivo de una guerra que nadie veía venir. En 1991, cuando se descompuso la URSS y Tayikistán obtuvo su independencia, Zarina estudiaba medicina en la capital, Dusambé. “Me quedaban dos años de carrera, la especialidad y la interinidad”, cuenta. “Tenía claro que quería quedarme allí, era una ciudad cosmopolita, activa, muy viva, llena de idiomas y razas”, añade. Era una de sus pocas certezas en el caos de aquella época. “La universidad seguía llena de tayikos, rusos, uzbekos y pamiris”, dice, “aunque el ambiente se iba tensando poco a poco”. Se levanta de uno de los cojines del suelo y baja el tono de voz. “Empezó a pasar algo que nunca habíamos visto; en la calle o en alguna tienda había hombres que se me arrimaban para decirme que dónde estaba mi velo. Una vez, uno se me acercó y me tiró de la falda, me preguntó que adónde iba con ropa tan corta”, recuerda. Ella misma replica el gesto en una manta del sofá: “Se escondían por ahí y nos increpaban, nos decían iros con vuestros rusos a su país, aquí no hacéis nada”. 

La situación no estaba más clara en las jóvenes instituciones. Entre agosto y septiembre de 1991, cuatro procesos electorales mostraron la incapacidad para formar gobierno, por una parte, y de aceptar los resultados, por otra. El partido comunista se impuso oficialmente en las urnas frente a un partido islamista minoritario y a unos demócratas que crecían desde la oposición, encabezados por el artista Dovlatnazar Judonazárov: nombre importante de aquí en adelante. Director de la Unión de Cineastas de la URSS y representante de Tayikistán en el Sóviet Supremo de la URSS, a sus cuarenta y siete años ya era una eminencia en el nuevo país. De corte reformista, se pronunció frente al golpe de estado en contra de Gorbachov y dio voz a las élites urbanas y más cultas de la nación. También recibió en masa el apoyo de la comunidad ismaelita, que lo tenía por su referente. En él y su etnia, la mayoría empobrecida suní vio un claro enemigo a batir.

Zarina se resistía a aceptar los rumores que corrían por la universidad y encerrarse en casa, pero ya le preocupaba que la identificaran como ismaelita del Pamir, explica. El 6 de noviembre de 1992 quedó marcado en el calendario. Alguien da una grave paliza a su primo. Las clases continúan, pero ella decide dejarlas por un tiempo. Es la mayor de las hermanas, la única que vive fuera de su localidad, y su familia insiste en que regrese a su hogar. Mientras se lo pensaba, se hizo demasiado tarde. Las dos carreteras que llevan a las montañas permanecerían controladas durante lo que se convirtió en el principio del aislamiento de la región, una caza de ismaelitas y un desabastecimiento paulatino de víveres. Su única salida posible era el tren hacia el norte. 

Entonces, su pasaporte soviético todavía le permitía entrar libremente en Rusia, donde Serguéi y Sveta, dos excompañeros rusos de la universidad, le ofrecieron ayuda. Los trenes, sin embargo, también estaban vigilados y los asaltos aislados alcanzaron el rango de limpieza étnica. “Temía que me delataran, no podía quedarme allí, pero tampoco podía salir con mis documentos. Conseguí un salvoconducto con apellido georgiano, que casa con mi aspecto, y me facilitó escapar. En febrero de 1993 llegué a Samara, donde pasé más de un año con Serguéi y Sveta, pegada a la radio y la televisión. Me ofrecieron el estatus de refugiada, pero solo pensaba en volver para terminar mis estudios, solo tenía veintidós años”, cuenta. 

En este punto la historia se divide. Ella mide los detalles. El trepidante relato disipa el sopor de la sobremesa, a base de té y frutas. Su historia se constituye de hechos, fechas, lugares. La cuenta en un ruso accesible y apenas sin acento, muy preciso y muy rápido. Se apoya en un contexto histórico frenético y, como demuestran el material disponible en internet, no se desvía lo más mínimo de la realidad. ¿Estamos hablando de un genocidio? “Sí, puede ser…”. “Por supuesto”, salta su madre Lalbeguin, y su hermano Samir asiente. Toman la palabra. “La mayoría étnica predominante empezó a arrasar. Se estaban cargando a todos los ismaelitas del país”, dicen. 

“Nos perseguían y controlaban, nos querían aislar en el Pamir. No subieron hasta Jorug porque allí solo vivíamos nosotros y es un terreno complicado. Pero empezó el hambre...”. “No exageres”, la corrige Zarina, “vosotros no pasasteis hambre”. Hacia finales de 1992 empezaron los bloqueos. Durante un tiempo, los salvó la riqueza de la tierra, pero en invierno era distinto. Lalbeguin recuerda que su hijo estaba en casa y que apenas le quedaba dinero: “Él no paraba de llorar, compré varios kilos de harina y arroz, lo más básico, pero insuficiente. Y de pronto oí unos gritos desde una ventana, me avisaron de que tenían algo para mí. Fue el primer día que recibí ayuda humanitaria”.

Durante esos crudos 1992 y 1993, Judonazárov aunó a la oposición hasta que fue declarado criminal de estado y se vió obligado a exiliarse a Estados Unidos, con invitación de la unión de cineastas. Su actividad cultural se intensificó y se volcó en la política desde el extranjero, como parte clave de las conversaciones de paz durante la guerra civil hasta 1996. Es cuando estableció los primeros vínculos con el imán Aga Khan (líder espiritual de la comunidad), que destina importantes sumas a la manutención de colectivos ismaelitas más perjudicados por el conflicto a través de su asociación, AKDN.

Una imagen de Dusambé en la actualidad, la capital de Tayikistán. / GYANAOA (TWENTY20)
Una imagen de Dusambé en la actualidad, la capital de Tayikistán. / GYANAOA (TWENTY20)

Tras el encierro de 1993 y 1994 en Samara, Zarina regresó a Tayikistán. “Rusia me parecía brusca, fría, todo el mundo lo pasaba mal, me daba miedo, era difícil relacionarse y, sobre todo, quería acabar mis estudios”, relata. Cuando la guerra civil estaba llegando a su fin, el Dusambé de 1995 no era lo que Zarina recordaba: una ciudad gris, muerta, no quedaba nada de su colorido. Ella se especializó en ginecología y decidió probar de nuevo suerte en Rusia. “Una amiga me dijo que aquí buscaban médicos, los sueldos eran miserables, pero tendría trabajo. Decidí arriesgarme y entonces sí que me enamoré de Rusia. Yo sola tenía consulta por la mañana y visitaba hasta treinta y seis casas en una tarde. En el barrio de Belyáyevo me asignaron unas cuarenta mil personas, muchas de ellas veteranos de la Segunda Guerra Mundial. Todos me adoraban y yo a ellos también. Aprendí muchísimo como médico de cabecera. Me veían jovencita, extranjera, se preocupaban por mí, el sueldo no llegaba y a veces me ayudaban. Lo disfruté muchísimo. Una vez que me asenté, mi familia empezó a mudarse poco a poco. Primero Samir, luego mi hermana, luego mi madre... Después apareció Jose y me enamoré de nuevo”, describe.

En aquel 1995, los cabos volvieron a unirse. Judonazárov, ahora vecino y amigo de Zarina y su familia, se mudó a Moscú desde Estados Unidos y desde entonces el tejido social de la diáspora ismaelita no ha parado de crecer. El propio Judonazárov creó un círculo cultural para salvaguardar el patrimonio e integridad de una etnia que se desangra: “En el Pamir no quedarán más de cien mil ismaelitas, y en Moscú somos alrededor de ochenta mil”, estima Samir.

“Es importante que nos ayudemos entre todos. AKDN juega un papel esencial”. AKDN, la asociación del imán Aga Khan, es quien enviaba la ayuda humanitaria al Pamir cuando Lalbeguin gastaba sus últimos recursos. Es también, como recordatorio, la asociación para la que trabaja Manizha, la hija de Zarina. Ella se encarga de entrevistar a los recién llegados y los guía para evitar que caigan en mafias de trabajos ilegales o el radicalismo islámico; también ayuda a madres solteras y ofrece una estructura social en la que todos puedan integrarse. “Los que disponemos de más facilidades contribuimos en la medida de lo posible”, dice Zarina, que les ofrece asistencia médica. 

Una máscara de orgullo

Como muestra el relato de Zarina y su familia, el proceso de integración es lento y, a menudo, doloroso. Largas ausencias, descontextualización o pobreza. Pero también ofrece una cara positiva y poco a poco obtiene su mérito personal y social. Aunque su dominio de varias lenguas y elevada formación apenas ofrece reconocimiento en Moscú, la cultura pamiri ya empieza a tener presencia en las dinámicas de la ciudad.

Es el caso de Abdumamad Bekmamadov, que en 1993 interrumpió su actividad artística en Jorug para emigrar a Moscú y trabajar de transportista, conserje, cocinero u obrero durante más de dos décadas… Con todo, la cabra tira al monte y Bekmamadov nunca dejó de lado los conciertos domésticos y ensayos en pequeñas salas, donde reunió a otros artistas y empezó a componer. En 2012, el trío de una limpiadora, un fontanero y un pintor mostró al público su verdadera profesión con la obra Akin-Ópera, de temática biográfica. Los ensayos y representaciones se fueron intensificando hasta verse recompensados en 2014 con la Máscara Dorada, uno de los galardones de teatro más importantes a escala nacional.

Las letras de sus canciones encuentran un sentido a esta vida humilde en el extranjero. Igual que los distintos testimonios en aquella lejana boda, en trayectos de taxi o en casa de Zarina, los versos de Bekmamakov transmiten una dignidad autosuficiente, sin compadecerse ni recrearse en sus problemas. Buscan la igualdad, la integración en una cultura ajena que en absoluto es incompatible con la conservación de la suya propia.

La situación política de Tayikistán se asentó durante los cinco mandatos sucesivos de Emomali Rahmon —en el poder desde 1994 y con mayorías cada vez más apabullantes— y los pamiris ya no son perseguidos, pero la pobreza del país y de su región particular mantienen la sangría de población. Los moscovitas no son tan receptivos como lo eran durante los años ochenta e incluso principios de los noventa, pero los ismaelitas acaban saliendo adelante.

“Ah, el racismo... El racismo es una cuestión económica y cultural”, dice Zarina. “Todos lo sufrimos. Tuve pacientes que se inventaban quejas para desacreditarme, pero en general estoy muy contenta y me siento plenamente integrada. Es más difícil para los jóvenes, que apenas hablan ruso, tienen un nivel cultural inferior y trabajos de poco prestigio. Hacen lo que los rusos no quieren hacer, pero la gente los culpa por su mala situación”, detalla.

Tras asistir a esta realidad paralela y de vuelta el centro de Moscú, entre los cientos de caras eslavas y largos abrigos negros que expulsa la estación de Tretyakovskaya, con el Kremlin al otro lado del río y la decoración del Día de la Victoria todavía en las calles, la uniformidad del centro de la capital se hace tan artificial como despiadada. Lo más interesante, como los ensayos de Bekmamadov, o el comedor de Zarina y Jose, se queda en lo privado.

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